No crean que la finalidad de la improvisación es generar mentes rápidas y ávidas. Improvisar no debe asociarse con palabras como «rapidez, astucia, mejor, bueno, insuperable o imposible».

Las palabras que deben asociarse con la improvisación son más bien del estilo de «permeabilidad, generosidad, vulnerabilidad y escucha» y no otras venidas de una educación instrumentalizadora como «éxito, primero o grandilocuente».

La improvisación, en su esencia, no busca hacer las cosas mejor que otro. La improvisación busca hacer las cosas según nuestro centro; busca arrojarnos a la vida desde nuestra singularidad sintiendo que en ese salto nos entregamos a la vida de manera inequívoca y sustancial.

Es una manera de enlazarnos con la realidad desde la aceptación y escucha del presente y no desde la magnificación de nuestro ego anquilosado que sólo hará lo necesario para no sentirse solo.

La improvisación debe buscar en su latir que nuestra intención de quedar bien frente a los demás se desdibuje. Pues en su entraña busca hacernos sentir parte de lo plural y no debe usarse como herramienta defensora de nuestro ego; como escudo desde el que relacionarnos con la vida y los demás.

La improvisación se puede usar como tal fin y, sin duda, así suele ser practicada, pero hacer eso es desaprovechar todo su potencial.

Al terminar un acto improvisado el jugador no debería buscar tanto el aplauso como el «gracias». Pues debe ser la entraña singular la que salga a jugar al escenario o al aula y no el ego defensivo que busca una caricia aprobadora en lo inconcluso del grupo y los demás.

El aplauso dispersará la entrega y el gracias lo recogerá.

Improvisar no es mostrarse para cegar. Improvisar no es un acto centrífugo. Improvisar es darse para generar un espacio compartido, para formar parte de los demás.

*Extracto del libro «Aladuría Creativa y el reencuentro con nuestra esencia (Libro 2)».

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